LOS RIOS DE LA HUMILDAD

LOS RIOS DE LA HUMILDAD


La humildad es siempre un tema presente en la mente, el corazón y las confesiones de quienes buscan la santidad. A menudo, no se comprende y se malinterpreta. A veces tan exaltada que parece inalcanzable. Pero, ¿qué es la humildad? ¿Cuáles son sus efectos en nuestra alma?


La palabra humildad proviene del latín humus que significa tierra. La humildad es la virtud que nos lleva a reconocer lo que somos. Los Padres de la Iglesia dicen que la humildad es reconocer sus límites, sus debilidades, su impotencia y su ignorancia. Pero no solo reconocer como rebajarse voluntariamente. San Juan Crisóstomo dice: “La verdadera humildad consiste en rebajarse cuando existe la oportunidad de exaltarse”. La humildad es ponerse en el suelo, recordando que somos polvo, del polvo que hemos venido y al polvo volveremos.


El beato Juan van Ruysbroeck compara la humildad con un suelo del cual nacen cuatro ríos de virtudes y vida eterna: obediencia, mansedumbre, paciencia y voluntad de Dios.


El primer río que fluye de un suelo realmente humilde es la obediencia. Cuando nos sometemos a la voluntad y decisión del otro reconociendo que somos limitados y necesitamos a alguien que nos guíe en el camino hacia Dios. Reconocemos que solos no podemos llegar a Dios. La humildad nos lleva a rebajarnos y obedecer. A los que no son humildes no les gusta obedecer, y a los que no les gusta obedecer no alcanzarán la humildad. Podemos decir que una alimenta a la otra, y una depende de la otra. La Santísima Virgen cantó en el Magnificat “Dios miró la humildad de su sierva” (Lc 1,48), la humildad de María se expresó en su total y absoluta obediencia a Dios y su voluntad.


La mansedumbre es el segundo río que fluye desde un suelo humilde. Una vez que reconocemos

la nada que somos, que dependemos totalmente de Dios, y que nada es fruto de nosotros mismos, pero todo es la gracia de Dios, estamos en paz. Ya no tenemos la necesidad de querer ser mejores que otros, luchar por tener razón y ganar al otro con nuestros argumentos. San Pablo escribe a los filipenses “que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás” (Filipenses 2: 2-4). La grosería es un signo de nuestro orgullo.


De esa mansedumbre brota el tercer río, que es vivir todo con paciencia. Saber que nada depende de mí y que “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17.28). Que todo proviene de Dios y depende de Dios. Paciencia que me hace acoger con gozo las visitas de Dios en cada sufrimiento y prueba que me sucede. Paciencia del polvo cambiado en arcilla en las manos del Divino Artesano que me hace y me rehace cuando le parece apropiado.


El cuarto y último río de una vida humilde es el abandono de la propia voluntad y la conformidad con la voluntad de Dios. Un elemento tan importante en la vida de los santos. En casi todos los escritos de Santos, el tema de la conformidad con la voluntad de Dios está presente como criterio para alcanzar la santidad. Solo los humildes pueden renunciar a su propia voluntad y abrazar la de Dios. Después de todo, como decimos, la humildad es reconocerse como limitado, incapaz, impotente y abandonarse en las manos de Dios, nuestro Señor.


“Aprende de mí ... que soy humilde” (cf. Mt 11,29). ¡Jesús es el humilde! El modelo y maestro, nos pide que aprendamos de él, que entremos en su escuela de humildad, obediencia, mansedumbre, paciencia, abnegación. Si nos pide que aprendamos, significa que no es imposible. Dios nunca nos pide cosas imposibles, porque lo que es imposible, lo hace Él. Nos pide lo qué es posible, porque podemos hacerlo. Si nos pide que aprendamos, significa que no es algo dado, sino que debe buscarse, ejercerse, practicarse.


Preparemos la tierra de nuestros corazones, hagámosla humus, tierra buena y fértil, preparada con gracia y oración. Permitamos que estos ríos broten de este suelo, como los del Jardín del Edén que riegan el jardín de la inocencia donde estuvieron nuestros primeros padres. Que la Virgen María, modelo de humildad, obediencia, mansedumbre, paciencia, quien en todo cumplió la voluntad de Dios, interceda por nosotros.


“Jesús, manso y humilde de corazón, hace que nuestros corazones sean como los tuyos”.


Fray Kephas Filho das Santas Chagas, pjc.





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